Episodio CDXXXII (432) – CRONICA DE UNA CAIDA CABR*NA (PARTE 16)

24 de noviembre de 2025

Introducción

Hoy estoy un poco más calmado.  ¿Quiere eso decir que la narración de hoy va a ser un cúmulo de aburrimiento?  Espero que no.

Tres Doritos después…

Hay que joderse.  En verdad mi paciencia es bien corta.  Ahora si que es momento de escribir.  Porque la ironía de mi situación es que, mientras más molesto, mejor me quedan los escritos.  Así que comenzamos.

Eso querían, eso tienen.

Deja vu

Domingo en la mañana.  Ya a eso de mediodía Don José estaba de camino para Centro Médico.  Esta vez, no hubo mucho equipaje.  Esta vez, nadie lo acompaño.  Volvió a entrar por la misma puerta que la semana anterior, esta vez con escolta, porque el referido tenía la fecha del domingo anterior.  Esta vez, como en la vez anterior, volvió al área de admisión donde le hicieron las mismas preguntas que le habían hecho.

Otra vez, le tomaron los vitales y salieron iguales.  Otra vez, le pusieron una bandita de admisión, eso para añadirla a su colección que había comenzado tres semanas atrás.  Y otra vez, le asignaron la camilla que estaba en frente para que se acomodara.  Hasta ese momento, todo fue igual.  Pero la oferta de servicio de cinco estrellas era sólo por la semana anterior.

Como mencioné, el hombre llegó como a la una de la tarde a la sala de emergencias.  Rápido lo movieron a uno de los pasillos, donde tenia de compañeros a un anciano que se había caído y no les había dicho a los hijos que se había caído y un muchacho con un dolor de pierna que nadie sabía lo causaba.  Eso era fácil de diagnosticar, era muerte muscular y cáncer, según la escuela de Dr. House.  Y obviamente, no era lupus.

Pues pasaron las dos de la tarde y nadie se acercó.  Las tres y nada.  Las cuatro y ahí le preguntó a la recepcionista del área si lo iban a atender pronto para ver si se podía ir a la tienda a comprar algo.  Le dijeron que no y se compró un refresco, una botella de agua, y par de dulces y papitas, para matar los “munchies” porque, como la semana anterior, lo dejaron sin comer.

Pasaron las cinco y nada.  Pasaron las seis y ya estaba seguro de que había activado su función de “fantasma”, porque los médicos pasaban por los pasillos, atendían al resto de la humanidad, pero no a él.

A las siete de la noche, uno de los asistentes, le cogió pena. Ya lo había visto desde temprano, pero lo había ignorado, así que no se ganó el premio de “médico del día”.  Le volvió a hacer el mismo interrogatorio, y cuando José le indicó que había hecho admisión para operarlo al día siguiente, se activó todo.

En menos de dos horas lo volvieron a puyar para ponerle el suero y sacarle cuatro tubos de sangre adicionales.  Ya los análisis de la semana anterior no servían, por lo tanto, le jodieron las venas de nuevo.  Esta vez, no le encontraban las venas.  ¡Seguro!  Si la vez anterior lo chuparon como si fueran discípulos de Drácula.  Y esta vez, no le pusieron el suero en la mano, sino en el antebrazo.  Algo incomodo, porque si se movía o se acomodaba, la dichosa aguja se podía salir de sitio.  Y esta vez le pusieron la aguja más fina, no como la vez anterior que le pusieron un tubo PVC en las venas.

A las nueve de la noche lo llevaron a radiografía, de nuevo.  Le sacaron exactamente las mismas placas de la semana anterior.  Me imagino que pensaban que se había ido al gimnasio y se había roto más el hombro.  También puede ser que esperaban que ocurriese un milagro y que el hombro se hubiese restablecido en tres días.  Esta vez no tuvo que esperar mucho porque cuando salió de radiografía, lo llevaron directamente al área de tratamiento.

Esta vez, nadie se olvidó de él.  Mientras lo llevaban, vio con nostalgia lo que había sido su espacio por cuatro días.  Estaba abandonado.  No había nadie allí, pero ya tenían otros planes de donde acomodarlo.  Lo llevan al otro lado, donde sólo tenia un vecino y la pared estaba al lado opuesto de su otro espacio.  Pero lo más espectacular es que tenía seguridad.  Eso lo hizo sentir importante.

Ehh, no.  Lo que ocurría era que, tenia como vecinos del frente a dos confinados.  Y como eran confinados, el estado les provee un servicio especial de que, si se enferman, los envían directamente a Centro Médico con escolta.  Olvídate de la escolta de Wanda Vázquez.

Cerca de las once de la noche, recibió la visita de un ujier del Hospital Universitario.  Por casualidad, era la misma que lo entrevistó la semana anterior para hacer lo mismo.  Ella no lo recordaba en el momento, pero cuando entró en las interioridades del caso, se acordó de nuestro amigo.  Y gracias a que le contestó las preguntas, le obsequió con otra banda de admisión del hospital.  Ya llevaba cuatro cintas.  Estaba cerca del récord mundial.

Como a las doce de la noche, uno de los doctores asistente del ortopeda le indicó que lo iban a operar al día siguiente.  Le dijo que los análisis habían salido bien, pero faltaba algo para dar la autorización para la operación.  Y era un electrocardiograma.

¡Carajo!  O sea, ¿que toda la operación estaba en riesgo de nuevo por una prueba que tomaba 10 minutos?  ¿En serio, loco?  Bueno, eso lo pensó él, por lo tanto, se escribe; “¿En serio, loco?”  Obviamente, ya esa noche el hombre estaba aborrecido.  La espera en el pasillo, el dolor, la conversación de los guardias y confinados.  Ya todo se estaba juntando para que pasara lo peor.  Pero no ocurrió.

A las doce y treinta aparecieron para hacerle el electrocardiograma.  A las tres fueron los vitales y la morfina.  Y reitero, fue cuando José tuvo la presión en una medida óptima.   Mejor que la de un bebé.  Y a causa del medicamento, y ya que los confinados se habían cansado de hablar, descansó hasta las ocho de la mañana, hora que le avisaron que se preparara porque salía para sala de operaciones.

Pasó el domingo, llegó el lunes.  Y lo que pasó el lunes, pues lo narro en el próximo episodio.

Pues eso querías, eso tienes.

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