EPISODIO LXXVII – La doble suerte

26 de diciembre de 2018

Introducción

Feliz Navidad. Para los más creyentes, espero que el niño Jesús haya nacido en sus corazones. Para los creyentes, más materialistas, que Santa les haya traído todas esas cosas que pidieron. Para los que no creen ni en la madre que los parió, pues hoy es miércoles.

Cuento de Navidad

En una noche fría, de esas que se le congelan las bolas de los ojos a cualquier ser viviente, se encontraba el Príncipe de los deseos imposibles mirando por la ventana de su palacio. Pensaba en las dificultades que había tenido en los pasados años desde que asumió su reinado interino. Pensaba en las situaciones que había pasado después de tener problemas con la tempestuosa Condesa María. Pensaba, aunque en muchas ocasiones, esa acción le impedía hacer otras cosas.

Esa cualidad monocromática le impedía realizar asuntos importantes en su reinado. Su empeño era el de entregarle sus poderes del palacio al Gran Señor del Imperio Helado. En toda su gestión mencionaba esa intención, aunque no tuviera nada que ver con lo que se estaba discutiendo. Aunque le decía a sus súbditos que podían ser iguales a los habitantes del Imperio, eso no era correcto del todo.

El predecesor del Gran Señor del Imperio Helado había enviado al reino, siete Caballeros para administrar el reino, ya que los reyes y reinas que estuvieron a cargo no pudieron hacer del reino un lugar próspero. Sin embargo, hubo un problema. Casi todos esos enviados estuvieron de una forma u otra relacionados a la mala administración del reino. Era como poner a los cabr..os a velar las lechugas. El Príncipe, en esos momentos, dijo que podía trabajar en armonía con los Caballeros enviados. En cierta forma, si lo hizo. Muchas de las cosas que proponía era para afectar al grupo de plebeyos del reino. Pero, cuando las cosas no salían como el Príncipe quería, se echaba para atrás y decía que los Caballeros habían impuesto esas medidas. Con ese juego mantuvo dormido a gran parte del pueblo.

Después de la visita de la Condesa, y los efectos desastrosos que tuvo durante su visita, el Príncipe se creía omnipotente. Por eso, no le pidió ayuda inmediata a nadie. Pensaba que, como descendiente directo del Rey Mesías, tenía el poder de hacer las cosas por obra y gracia. Obviamente, eso no era así y terminó siendo impotente o incompetente. Cabe destacar que gracias a su linaje, fue que obtuvo la oportunidad de dirigir el reino. Pero eso no era suficiente.

Cuando al fin, el Gran Señor del Imperio Helado visito el reino y vio lo que había hecho la Condesa, no le dio mucha importancia. Después de todo, el Príncipe le dijo al Gran Señor que todo estaba bien. Entonces, él se marchó, con una sonrisa de oreja a oreja pensando que con su sola presencia había resuelto los problemas del reino.

El Príncipe tenía sus lacayos. Esos seres que, aunque supieran que el reino estaba al borde del abismo, pues decían también que todo estaba perfectamente bien. La seguridad de los plebeyos, estaba perfectamente bien. La educación a los plebeyitos, estaba perfectamente bien. Hasta los bien remunerados trabajos de la clase obrera, estaban perfectamente bien. Todo era perfecto en el reino de los deseos imposibles.

Es más, en las fiestas y los momentos de unión familiar de los habitantes del reino, el Príncipe, por decreto las eliminó. Dijo que la aportación del pueblo al bien común debe ser total para hacer más competitivo al reino en comparación a los otros reinos. Los plebeyos trabajaban, trabajaban y trabajaban, mientras los lacayos y sirvientes del trono vivían en otro mundo.

No tenían las necesidades de los plebeyos. No tenían las obligaciones de los plebeyos. No tenían las preocupaciones de los plebeyos. El reino se dividía en dos facciones. Pero eso no le importaba al Príncipe de los deseos imposibles. Lo importante es ser parte del Imperio Helado.

En ocasiones, los plebeyos protestaban, pero nada pasaba. En ocasiones, los plebeyos marchaban, pero nada. En ocasiones, los plebeyos gritaban, pero nadie los escuchaba. En ocasiones, muy pocas, los plebeyos eran escuchados, pero pasaban los días y no se hacia nada. En ocasiones, cuando estaban cerca de lograr algo, pues entonces, los altos miembros de la aristocracia, se intentaban algo para desviar la atención en asuntos sin importancia, para lograr que los plebeyos no le dedicaran tiempo a los asuntos que los afectaban.

Pero eso era lo que los plebeyos querían, pues eso tenían. Y en grandes cantidades.

Al final, la estrategia del baile, la baraja y la botella se impuso sobre la discusión de ideas y los asuntos importantes del reino. El Príncipe continuó con su “alto deber patriótico” de asimilar su reino, pero no lo logró. Por lo que su sucesión tuvo la obligación moral de utilizar los limitados recursos del reino para lograr esa meta, mientras que las necesidades del reino eran olvidadas o, peor aún, se esperaba que fueran atendidas por el Imperio Helado, cosa que no ocurrió. Y colorín colorado, este cuento continuará.

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