Episodio LXXXI – Crónica de un ciclista “to be”

Hoy haciendo una pausa a los resúmenes, una crónica del diario vivir.

Aprovechando un detallito que me dejó Santa o el Niñito Jesús en la madrugada de Navidad, pues decido adentrarme al mundo del ciclismo. Si eso mismo, de un vehículo que no tiene motor y que es impulsado por las piernas de quien la maneja. Algo que para mi infancia era el juguete que todo niño quería. Ahora ha sido sustituido por los PSP y los Nintendo Switch de la vida.

Pero volviendo al tema, en mi época, lo que nos entretenía era una bicicleta 20 pulgadas, de escrambear. En ese tiempo eran las BMX. La podías usar normalmente, pero regularmente hacían piruetas con ellas. Después de eso fue que surgieron las competencias internacionales de campo traviesa y otras cosas. Esas bicicletas no usan cambios. Es fácil, pedalear, frenar, hacer balance y evitar que te comas los dientes.

Tambien, en esa época, era la bicicleta y ya. Eso de cascos protectores no existía. Eso de protección para las rodillas y los codos no existía. Te caias y te rompias la boca, pues el yodo era excelente para curarte. Te raspabas la rodilla o los codos, el alcoholado superior 70 era excelente para curarte. Te partias un brazo, en esa época era más fácil conseguir un ortopeda que te pusiera un yeso que ahora. Así sobrevivimos esa época. Y cuando se montaban tres o cuatro en la bicicleta para una trillita? Eso era casi una caída segura, pero no importaba. Era cuestión de disfrutar el momento. Algo que no pasa ahora por las limitaciones en recursos y las limitaciones mentales de quienes dirigen nuestros destinos.

Eso fue hace 30 años. Después de eso, la única bicicleta con la que tuve contacto era las estacionarias. Hasta ahora.

Pues como les dije, el día de Navidad me “regalaron” una bicicleta. No es la gran cosa, pero se mueve y no es muy pesada. No es una de esas que he visto en Internet que cuestan miles de dólares. Así que para empezar, pues cumple su propósito. Además, es de cambios y frenos de mano. Como novato y desconocedor del tema de las bicicletas, pues eso es un trauma. Y si es un trauma, sin montarse, es la peor pesadilla de un mortal cuando al fin empiezas a correrla.

El día antes de año viejo, la saqué a la calle para tener mi primera experiencia. Mi primer encuentro cercano. El objetivo era dar una vuelta por donde vivo. La distancia a recorrer era corta, aproximadamente 4.5 km, la misma distancia que recorro cuando voy a “joggear”. Pensaba que el tiempo de recorrido iba a ser menor, pero nada más lejos de la verdad.

Lo primero, fui a correr sin casco. No importa, estoy en un área limitada. La ropa de ciclista tampoco la tenía. No creo que tengo cuerpo atlético para andar en licra. Empecé a pedalear como para comerme el mundo, pero la bendita bicicleta no se movía a la misma velocidad. “Esto esta dañado”, pensé. “Qué le hice ahora?” Nada, continué los primeros 100 metros y las gotas de sudor de bajaban hasta el “nie”. Esa es la condición física bestial en la que me encuentro actualmente. Algo espectacular.

La pesadilla estaba empezando. Lo próximo fue el sillín. Y ahí me afecto en dos partes. En primer lugar, las joyas de la corona se empezaron a maltratar desde el primer pedaleo. En segundo lugar, estaba bien duro. Para mí que los que hacen las bicicletas le ponen los accesorios más porquerías que encuentran, los compran por lotes, para que el que compra una, tenga que gastar en reemplazarlos. En resumen, terminé con el sección posterior de mi cuerpo con un dolor desgarrador.

La pesadilla continuaba. La ruta era conocida, para correr. Mire mi hermano, mi primer problema, las alcantarillas que van de lado a lado de la calle. Tenía que pasarlas de lado, porque si me iba de frente, dejaba la goma, el aro y los rayos esperados en uno de los rotos. La estrategia para pasar la primera fue tan mala, que por poco verifico la densidad de la brea y el cemento. Por poco. Suerte que no pasó nada más grave porque ya mis piezas no vienen. Recuerdan el asunto del sillín? Pues las canales y las alcantarillas me lo acordaban a cada rato.

Al pasar mucho tiempo sin correr bicicleta, mi balance no fue el mejor. Fueron varias las ocasiones que tuve de frente varios carros estacionados a punto de tener par de accidentes. No creo que el seguro compulsorio me cubriera en este tipo de incidente.

Al final, logré hacer la ruta (BRAVO). El único detalle, di pedales como para correr la ruta en 15 minutos, pero la terminé más lento que si hubiese “joggeado”. Así de bueno soy. Al menos, no tuve que llamar al 911 o la ambulancia. No necesite oxígeno. Lo mejor, tengo una oportunidad espectacular de mejorar. Lo otro mejor, esa experiencia me dio una gran idea.

Quizás en el 2019 pueda hacer una ruta de 50 millas. Me faltan 48 para esa meta. Es menos que 50. Quizás aprenda a manejar los cambios, sin morir en el intento. Quizás reúna un grupo de “ciclistas wannabi” para que me acompañen. Quizás.

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Feliz año nuevo.

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